sábado, 16 de febrero de 2008

La Redención

Cuando era pequeño recuerdo que el padre Juan, el catequista del colegio de curas donde estudiaba, intentaba, con más buena fe que acierto, inculcarnos la doctrina que tanta felicidad nos habría de dar en la otra vida. Yo seguía muy animoso sus clases y disfrutaba cuando nos contaba las terribles historias del Viejo Testamento, con ese Dios terrible que ponía los pelos de punta incendiando ciudades y sepultando a egipcios y babilonios como si fueran de la mismísima estirpe del diablo. Me encantaba, ya en los Evangelios, cuando nos relataba las andanzas de Jesús, desierto arriba, desierto abajo, y en especial me deleitaba con los milagritos (el de los peces y los panes era mi preferido porque me lo imaginaba como una especie de inmensa barbacoa a lo judío), pero no soportaba las parábolas, muchas de las cuales no entendía (ni creo que las entendieran en la época) a pesar del esfuerzo del padre Juan por explicárnosla.

Todo iba bien hasta que llegamos a la lección referida a la redención de nuestro Señor. Justo ahí me quedé en blanco. No entendí absolutamente nada. Recuerdo que nos hicieron repetir como papagayos que el significado de la muerte de Jesús consistió en que gracias a ella fuimos redimidos de nuestros pecados. Yo tenía ocho años y no entendía como la muerte de alguien puede salvarnos a toda la humanidad del pecado original. En vano intenté que el padre Juan me lo explicara, ya que siempre me repetía la misma salmodia: <<La redención era el acto por el que la humanidad volvió a gozar del favor de la gracia mediante la pasión y muerte de Jesucristo nuestro Señor>>. Yo miraba inquieto a los demás niños, pensando si sólo era yo el que no entendía todo aquello.

Años después me di cuenta que no era el único que no lo comprendía. Ya en la pubertad, en una de aquellas crisis existenciales tan propias de la edad, le pregunté de sopetón a mi madre:

- Mamá ¿por qué tuvo que morir Jesús?

- ¿Qué? -respondió ella. Creo que hubiera preferido explicarme como vienen los niños al mundo, para lo que seguro tenía planeada la famosa explicación de las semillitas, la flor y todo lo demás. Pero para aquello no se había preparado. No creo que esperara que su hijo de doce años le viniera con preguntas de ese estilo. Le repetí la cuestión y esta vez ensayó una respuesta.

- Bueno Pablito, Jesús murió para salvarnos.

- Si, ya lo sé, pero lo que no entiendo es por qué precisamente su muerte nos salvó. No le veo la lógica...

- Pues porque tenía que cumplir con las Escrituras y satisfacer a Dios, su padre.

- ¿Dios le obligó a morir en la cruz? ¿Por qué?

Mi madre dudó un poco y decididamente me contestó:

- Para salvarnos de nuestros pecados.

Otra vez estábamos como al principio.

Olvidé el tema, me hice mayor y no volví a pensar en ello. En la juventud un muchacho debe dedicarse a otros menesteres tales como perseguir chicas, emborracharse de vez en cuando y salvar los obstáculos que los estudios nos imponen para que podamos aprender algo. Lo de emborracharme no lo hacía mal, pero lo de las chicas me iba algo peor. Tengo que decir que soy bastante feo, bueno, más bien, rematadamente feo. Mis ojos siguen diferentes direcciones, soy bajito, casi rozando el enanismo (hecho por el cual me atiborraron de pastillas durante toda la infancia, amén de pasar por las manos de multitud de curanderos y charlatanes de similar índole) y tengo la columna desviada, lo que hace que adopte una postura que hace parecer que voy a perder el equilibrio de un momento a otro. Un auténtico adefesio, vamos. Además, y como explicaré más tarde, ni siquiera era buena persona. Como no tenía novia (ni tampoco amigos), opté por llenar mi tiempo dedicándome a la lectura.

Cierto día, cuando acababa de cumplir veintidós años, cayó en mis manos un libro (cuyo nombre no pienso decir) en el que el autor recreaba la vida de Jesús desde su particular punto de vista. El libro me enganchó desde el principio, y mientras me contaba, con alguna que otra variación, la historia que yo recordaba de milagritos, parábolas y desiertos arriba y abajo, me comía las uñas por llegar a la parte donde Dios le revelaba a su hijo el destino terrible que le esperaba. Pensé que tal vez aquel libro diera respuesta a mi antigua inquietud sobre el significado de la muerte de Jesús. Cuando por fin llegué a la parte que me interesaba, comprobé, no con cierto disgusto, que el autor se limitaba a repetir la profecía de Isaías, esa que dice: <<...él ha cargado con todas nuestras culpas y errores. Él ha cargado con nuestros pecados y sin embargo no abrió la boca. Fue despreciado por todos y siguió adelante sin resistirse como un cordero que llevan al matadero>>. Jesús era el chivo expiatorio que cargaba sobre sí los pecados de los otros y que debía morir para que también se extinguieran dichos pecados.

Era una forma bella de explicar la redención, pero no terminaba de solventar mi duda. ¿Cómo puede alguien cargar con los pecados de otro? ¿De qué forma? Si una persona que amo hace algo malo, yo puedo echarme las culpas. Eso sería una forma de cargar con el pecado de otro, pero ¿cómo es posible que un sólo hombre se culpabilice de todos los pecados de la humanidad? Si el propósito de la muerte de Jesús reside en el hecho de su resurrección, sí podía entender el significado de su muerte. La resurrección sería una muestra de poder tan extraordinaria, que el hecho de vencer a la muerte daría credibilidad a las generaciones futuras de la verdad de su mensaje. Pero yo no tenía problemas con el concepto de resurrección. Evidentemente, un hombre que vence a la muerte debe ser extraordinario, es más, como mínimo debe ser hijo de Dios y por lo tanto debe ser seguido y alabado. Mi problema seguía siendo el significado de la redención, por el cual también se da sentido a la muerte de Jesús. Pero ese sentido se me escapaba de las manos.

Seguí un poco desesperanzado leyendo el libro, y casi al final llegó el éxtasis. Allí, en sólo unas frases, se me reveló el significado de la redención.

El libro decía: <<Innumerables ojos se alzarán desde los confines del mundo y te verán crucificado, Jesús. Llorarán y las lágrimas purificarán a las almas de todos sus pecados>>. Ahí estaba, ahora si comprendía: es tan grande el sentimiento de culpa que nos causa a los hombres el saber que fuimos nosotros los que matamos al Hijo de Dios, que tal remordimiento hace que no queramos volver a pecar y que nos prometamos a nosotros mismos hacer el bien y seguir las enseñanzas de Jesús, aquel a quien asesinamos en la cruz. El arrepentimiento y la culpa hace que nuestros pecados sean perdonados. Jesús de forma indirecta nos salva y nos redime. Jesús muere, resucita, caemos en la cuenta de que en verdad era el hijo de Dios (puesto que resucita de entre los muertos), nos arrepentimos y nos proponemos no volver a pecar. El círculo se ha cerrado: estamos salvados. ¡Qué plan tan perfecto y siniestro! ¡Qué mente tan portentosa la de ese Dios que sacrifica a su propio hijo con la intención de que el remordimiento humano sirva para que creamos en él y sigamos su mensaje por siempre!

Comprendí que cuando alguien muere por una causa, ese alguien se termina mitificando y sus enseñanzas así perduran. Si Jesús hubiera muerto de viejo no habría pasado a la historia, porque nunca hubiera dado su vida por su mensaje. Pero si además, fuimos nosotros los responsables de su muerte, tal mecanismo cobra aún más fuerza. En este caso, el dolor del remordimiento se intentó saldar reviviendo a Jesús, pero no físicamente (ya que no es posible: está muerto) sino simbólicamente a través de la reactualización de sus enseñanzas. Ahí esta la base del cristianismo. Todo cuadraba a la perfección. El diabólico plan divino surtió efecto.

Lo que os he contado hasta aquí no es gratuito, pues como podréis comprobar es necesario para que entendáis las razones de lo que hice y por las que me encuentro en tan extraña situación.

Ya os dije que yo no era una buena persona. Si Jesús proclamó aquello de <<amad al prójimo como a ti mismo>>, yo no tenía ninguna razón para amar a nadie porque no me soportaba a mí mismo. Odiaba ver mi cara de idiota reflejada en el espejo, con esos ojos que no miraban a ninguna parte. El día en que fui consciente de que realmente era malo, fue una mañana en la que me sorprendí fabulando una muerte bastante escabrosa para mis vecinos. Todas las mañanas la odiosa familia me despertaba poniendo la televisión a todo volumen. Los hijos berreaban sin parar y no me dejaban dormir ni estar en silencio. El padre, un borracho bruto y gordo, y su mujer, una maruja ignorante, eran motivo de verdadero asco para mi. Yo disfrutaba imaginando como se la pegaban con el coche cuando venían de un campito que tenían. Aquella mañana me di cuenta de que no era normal que yo pensara tales cosas, no por imaginarlas, sino por desearlas. Ahora sé que nadie, sea cual sea su condición, educación o circunstancias personales, merece la muerte. Pero yo entonces no lo sabía. De eso me di cuenta más tarde.

Yo tenía un perro, <<Judas>>, un pastor belga con más mala leche que yo si cabe. Me hacía mucha gracia cuando el animal se abalanzaba ladrando desaforadamente a la gente que pasaba por mi lado. Yo le animaba a ello y le decía cosas del estilo: <<¡Muy bien, Judas, así me gusta!>>. Entonces le reforzaba esa actitud dándole caricias y mimos. En especial, me complacía cuando Judas arremetía contra las parejitas, que como bobas, iban por la calle cogiditas de la mano y haciéndose carantoñas. Entonces le susurraba al perro: <<¡A ellos!>>. Y Judas se ponía echo una fiera, mientras la novia por lo general daba un grito de esos tan desagradables que les salen a las mujeres cuando se asustan o cuando a su equipo de fútbol, neófitas ellas, le están a punto de meter un gol.

Sí, amigos, era un verdadero canalla y además virgen. Me encantaba hacer daño por el simple hecho de hacerlo. Mentía, robaba (aunque no me hacía falta), tomaba drogas y siempre estaba dispuesto a joder a alguien. Me encantaba pegarme de hostias con la gente y sobre todo intimidar a los que me miraban fijamente a mis estrábicos ojos. Cuando les decía: <<¡Eh, tú!, ¿Me estás mirando? ¿Quieres que te parta la cabeza?>>, me fascinaba sentir el miedo en sus caras. Era interesante comprobar como, con un par de huevos, un enano como yo podía amedrentar a cualquiera.

Como mencioné, era virgen. Podría haberme ido de putas, ya lo sé, pero también las odiaba. No soportaba que vendieran su cuerpo como si fuera carne barata, corrompida y sucia. No, la chica que me hiciera un hombre debía ser algo especial. Y a fe mía que la encontré. Ella se llamaba María.

No me apetece contaros las circunstancias de cómo María entró en mi vida. Sólo os diré que era bella (demasiado bella para mí, quiero decir). Y sobre todo era dulce. Siempre estaba intentando ayudarme cuando me metía en problemas. Se inclinaba sobre mí y me hablaba bondadosamente mientras yo sólo intentaba mirarle el escote. Ahora sé que estaba enamorado de María, pero en aquel tiempo sólo deseaba tirármela. Era la única persona, chico o chica, que me aguantaba. Debía ser mía.

Entonces a la manera de Dios, concebí un plan perfecto. Le propuse un paseo al atardecer por la playa. La muy tonta accedió. Era todo corazón la pobre, y tenía esa extraña virtud que no aparece entre las teologales y que es la confianza. Yo sabía que no quería nada conmigo (nada sexual, claro). Además, como mujer hermosa que era, era bastante casta. Sabía que tendría que abusar de ella, pero no me importaba nada.

Aquella noche la recogí en mi coche de segunda mano y la llevé a la playa. Paseamos en dirección a una calita bastante solitaria con muchas rocas y rompeolas en su extremo. Hacia allí nos dirigíamos mientras ella me hablaba de chorradas que le habían contado las amigas o algo así, porque la verdad es que no la escuchaba. Estaba esperando el momento justo.

Y llegó, queridos amigos. Cuando alcanzamos el final de la playa estaba oscureciendo y María me dijo: <<Tengo algo de frío ¿Por qué no nos vamos a casa?>>. Entonces la miré, y creo que se me debieron notar las intenciones porque ella hizo un breve gesto de sorpresa. No esperé más. La tiré al suelo y empecé a arrancarle la ropa. Ella gritaba y yo le decía que se callara mientras no dejaba de forzarla. Pero aún así no se callaba, seguía gritando, gritando y gritando. No podía soportarlo más, no se estaba quieta y sus chillidos me traspasaban la cabeza. Me incorporé sobre ella, y en ese leve momento de respiro, sucia y sangrando por la nariz, me miró y me dijo en un leve susurro desesperado: <<¿Por qué?>>

Me quedé paralizado. Comprendí que no tenía sentido poseerla. Yo no quería sexo, yo quería amor. Deseaba amarla y ser por ella correspondido. La miré a sus ojos asustados y supe que eso era imposible. Ella nunca amaría a alguien como yo. Miré al cielo, y entonces fue cuando tuve la revelación. Supe exactamente lo que tenía que hacer. Cogí una roca que había allí cerca y le aplasté la cabeza...

Ahora su muerte tendría un sentido. Ahora la culpa que se despertaría en mi por haber matado quizás a la única persona que amaba, me convertiría en mejor persona. Ella me redimiría, me salvaría de mis pecados. Su recuerdo, y el ideal que me haría de ella, permanecería en mí toda la vida y mi amor no menguaría con el tiempo, como en esas parejas que llevan demasiado años juntos y que ya no hablan, no escuchan, no follan y no se soportan. Ahora nuestro amor sería inextinguible...

Y así fue como sucedió. Hoy todo es de color blanco. En efecto me convertí en una buena persona (en la mejor de todas, diría yo). El caso es que no recuerdo como fui a parar al lugar donde hoy me encuentro. Mis días y mis noches se suceden, y no consigo identificar lo que me rodea. Al principio pensé que era el infierno, pero los espíritus que vienen a verme son blancos. <<Deben ser ángeles que bajaron a la tierra para confortarme>>, pensé. Ellos me consuelan y me apaciguan. El recuerdo de María, y de cómo era, sigue en mí. Pero cuando les hablo de ella a los ángeles, éstos eluden el tema. La verdad es que me da igual, lo importante es que nunca olvidaré a la Diosa que me salvó de mí mismo. Pero, atención, creo que se acercan, ya vienen, los escucho llegar...

La psiquiatra jefe abrió la puerta de la habitación y le echó una rápida ojeada. Era totalmente blanca, con barrotes en las ventanas, y desde hacía tres años estaba ocupada por aquel enfermo que nadie venía a visitar. Creía haberle escuchado hablar mientras se acercaba por el pasillo. La mujer se dirigió al enfermo:

- ¿Cómo estás hoy, Pablo? -le dijo, mientras preparaba la dosis de Aloperidol rutinaria. Se fijó en él. Sus estrábicos ojos tenían una mirada perdida y opaca. Balanceaba la cabeza atrás y adelante, y se había ensuciado los pantalones. Le daba pena aquel chico bajito, que en pleno ataque de locura había segado la vida de una joven. Ahora dos vidas estaban perdidas.

- ¿Con quién hablabas?

Tampoco hubo respuesta. La psiquiatra jefe subió la manga del enfermo y le inyecto el fármaco. El paciente ni se inmutó. Le empezó a brotar un pequeño hilo de sangre de una herida en la cabeza que nadie sabía cómo se había hecho. Ocurrió tres días antes, y aquella tarde cuando la enfermera entró en la habitación para su dosis diaria, encontró las blancas paredes de la habitación embadurnadas con frases escritas con sangre que decían: <<El escudo de Dios es nuestro Amor>> <<Él es nuestro escudo>>, y cosas similares. Había pintado todo aquello restregando la cabeza ensangrentada por las paredes.

- Pablo, ¿no quieres hablar hoy? -insistió la doctora.

Pablo movió la cabeza y miró a la mujer. Babeando, abrió los labios y habló lentamente:

- Eli, Eli, ¿Lama Sabactani?

<<Es verdad -pensó la mujer-. A este muchacho Dios debe haberlo abandonado>>.



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